Doctora en Humanidades y docente de la UNT, Olga Sulca convirtió casi dos décadas de investigación en “La vida en-trama. Producción textil en el Valle Calchaquí-Tradición y modernidad”, publicado por el sello independiente tucumano Puerta Roja. El libro recorre la persistencia y las transformaciones de una práctica ancestral, desde las técnicas prehispánicas y los saberes sobre fibras y tintes naturales hasta el impacto de las últimas décadas, las migraciones y los cambios educativos. A la vez reconstruye una experiencia de trabajo comunitario para revitalizar el tejido y reivindicar sus dimensiones económicas, culturales y simbólicas, en un proceso que para Sulca se vincula además con la afirmación de su propia identidad.
- ¿Cómo nació “La vida en-trama”?
- Fue a partir de un proyecto de investigación que comencé en 2004. Mi interés era saber si algunas técnicas textiles permanecían intactas pese a los siglos y qué elementos de la modernidad habían atravesado esos textiles. Me encontré con cambios; se habían dejado de usar materias primas tradicionales, como la lana de vicuña, suplantada por lanas acrílicas y, en menor medida, por lanas de oveja. También el telar criollo de cuatro estacas, arribado con la conquista, suplantaba el telar de cintura. Y además había un uso casi generalizado de anilinas en lugar de los tintes naturales. Trabajé en Amaicha del Valle y localidades cercanas, como Los Zazos, Quilmes y El Arbolar.
La Casa Soria, un lugar de encuentros y brindis con los mejores vinos de los Valles Calchaquíes- ¿Qué otros factores habían contribuido al debilitamiento del tejido?
- Uno tenía que ver con las políticas neoliberales de los años 90. Una generación empezaba a no interesarse por el tejido, considerándolo una actividad para los abuelos, nada productiva, una pérdida de tiempo. También estaban las migraciones de quienes se habían dedicado al tejido y lo abandonaban al marcharse a los centros urbanos, sobre todo al cordón industrial de Buenos Aires y de Rosario. Además, la reforma educativa de 1995 sacó el tejido de la currícula, sobre todo en las escuelas del Valle. Eso tuvo un impacto porque ya no se enseñaba y quedó reducido a algunas familias que continuaban con la tradición.
- ¿Apareció la necesidad de trabajar con las tejedoras?
- Sí, empecé a forjar vínculos en la zona, sobre todo con las agrupadas en la Cooperativa La Pachamama, que nació en 1986 y sumaba también a ceramistas, ebanistas y otros artesanos. Surgió la preocupación que tenían y nos preguntamos qué podíamos hacer. Ahí se entrelaza la academia con las necesidades de una comunidad que necesita rescatar una práctica ancestral.
- ¿Cómo comenzó ese proceso de revitalización?
- En 2010 organizamos un primer encuentro de tejedoras y tejedores en el Valle. La convocatoria se extendió a Tafí, a Santa María, a Cafayate, a San Carlos, a Animaná... En total reunimos 180 tejedoras. La idea era transmitir el tejido a través de talleres, pero también dialogar sobre la experiencia de tejer, sobre qué significaba para ellas, y que pudieran ser escuchadas por los jóvenes. Fue un éxito y dio inicio a sucesivos encuentros.
- ¿Qué descubrieron las investigaciones sobre la antigüedad de estas técnicas?
- Tenemos evidencia arqueológica. Hay un cementerio en El Pichao que corresponde al período entre los años 900 y 1000. Es un momento tardío, previo a la llegada del Inca y, obviamente, a la del conquistador. Ese sitio arrojó una cantidad de fragmentos de tejidos con técnicas de épocas prehispánicas que aparecen vivas en Amaicha.
Murió Michel Rolland, el enólogo francés que impulsó el vino argentino y dejó su huella en los Valles Calchaquíes- ¿Por qué esa continuidad es tan importante?
- Porque fueron las generaciones de tejedoras y tejedores que permanecen en el Valle las que heredaron esta tradición, la mantuvieron y la siguen transmitiendo. Hay que entender la funcionalidad que tienen los tejidos, por ejemplo la económica. Hay testimonios de tejedoras que dicen: “mi tejido vale lo que vale un kilo de carne, lo que valen dos kilos de harina. Con mi tejido hice estudiar a mis hijos, con mi tejido pude solventar la economía de mi hogar”.
- ¿Qué otros significados es necesario valorar?
- Hay algo que tiene que ver con lo simbólico. Por ejemplo, al transformarse el vellón en hilo se utiliza un instrumento llamado huso. Por lo general, el huso gira en el sentido de las agujas del reloj, pero hay un hilado que se hace hacia la izquierda y tiene un significado especial. Es un hilo de protección. Aparece durante la época de la Pachamama, en agosto, y tiene que ver con algo espiritual para las comunidades: la protección contra las enfermedades. Ese hilado hacia la izquierda se sigue haciendo hoy. Eso da cuenta de significados que han viajado desde el pasado hasta el presente y que permanecen en la práctica.
Encontró el amor en Tucumán y una "prueba piloto" le permitió hacer un vino que revolucionó los Valles Calchaquíes- ¿Qué lugar ocupa la recuperación de los tintes naturales?
- Desde 2015 comenzamos a tener la inquietud por volver a ese conocimiento de las plantas que estaba ahí. Las tejedoras lo sabían; había que remover esos saberes y las recetas antiguas que habían sido transmitidas por sus abuelas. Está el uso de cortezas de árboles -por ejemplo del algarrobo- para preparar determinados tintes; el uso de raíces, hojas y flores. Ellas saben qué tipo de agua usar, qué recipiente, si el día está nublado o si hay sol. Todo eso varía el color que se va a obtener.
- ¿Qué impacto tuvo el retorno del tejido a las escuelas?
- Regresó con la última reforma educativa a formar parte de la currícula y eso le dio un impulso. Pensamos que hacia el futuro puede ser una enseñanza práctica, pero también teórica. Es un conocimiento que debe estar presente en la escuela porque es parte de la historia local y de una enseñanza que se relaciona con la educación intercultural. El tejido da cuenta de cosmovisiones que tienen que ver con los territorios. Si crío buenas ovejas, con buenos pastos y buena cantidad de agua, voy a tener buena lana. Entonces el tejido habla de los territorios.
- Después de tantos años de trabajo, ¿qué le deja este libro?
- Creo que hay varias reflexiones. Una tiene que ver con el rol de las ciencias sociales. Cuando comparamos los proyectos de investigación con las ciencias duras pensamos en resultados inmediatos, pero en las ciencias sociales los resultados son a largo plazo. Además, esta investigación tiene una fuerte raíz comunitaria. Fue la comunidad la que pidió que la academia trabajara junto a ellas para pensar cómo revitalizar esta práctica. El proyecto se hizo mucho más fuerte y por eso hoy tenemos el decimosexto encuentro de tejedoras y tejedores en el Valle.
Inés Rodrigo, la médica que cruzó un océano y se enamoró de los Valles Calchaquíes- Y en lo personal, ¿qué significó para usted esta experiencia?
- Fue un desafío, porque provengo de una familia de tejedoras y tejedores de la Puna salteña. Me reconozco como una mujer indígena kolla por el lado de mis padres y de mis abuelos paternos, que vivían al pie del Nevado de Cachi, en Salta. Y creo que el hilo que a mí me condujo a encontrar mi identidad como indígena fue el tejido. Por eso, para mí no implicó un trabajo duro ni pensé en el tiempo que podía llevar. Fueron 19 años de trabajo, pero placenteros porque lo hice junto a la comunidad.